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15/11/12

Tres siglos de historia bajo los isleos de Santa Catalina



01/11/2007 FUENTE:BAJOELAGUA.COM

En 1692, naufragaron dos navíos franceses, sus artillerías quedaron sumergidas bajo los Isleos de Santa Catalina.
Cuando el Conde francés Víctor María D’Estrées zarpó de Toulon el 21 de marzo de 1692, hacia Brest, en el navío Le Sceptre, acompañado de diez y seis barcos más, con el fin de luchar contra Inglaterra y devolver el trono al derrocado Jacobo II nunca podía pensar los acontecimientos que le esperaban en aguas de Ceuta. No llegando en el plazo previsto al lugar de reunión, y por lo tanto, no pudo participar en la batalla de La Hougue donde los franceses sufrieron una gran derrota, desvaneciéndose sus proyectos.

En su ruta, el 15 de abril, capturó dos barcos de bandera inglesa; uno de ellos quedó muy dañado por el combate y como navegaba con dificultad decidió abandonarlo tras prenderle fuego. Tres días después, en el Estrecho de Gibraltar junto a las costas de Ceuta, le sorprendió una violenta tempestad de lluvia y granizo que puso en evidente peligro a toda la escuadra. A pesar de las múltiples maniobras realizadas para evitar una catástrofe, perdió los navíos L’Assuré y Le Sage.

El primero mandado por De Chaurenaute fue arrastrado y es muy probable que se estrellara contra las rocas de los Isleos de Santa Catalina, su capitán junto a un reducido número de hombres embarcaron en una chalupa y con ella alcanzaron otro navío que los tomó a bordo, el resto de la tripulación en su gran mayoría pereció ahogada y su artillería quedó sumergida. El otro barco mandado por Le Guiche fue a encallar muy posiblemente en las rocas del Sauciño, sus marinos salvaron la vida, pero al estar España y Francia en discordia quedaron prisioneros del Gobernador de Ceuta Francisco Bernardo Barahona.

Como el temporal no amainaba y para recomponer su escuadra el Conde D’Estress tomó la decisión de retroceder hacia Málaga. Antes envió un mensaje al Gobernador de Ceuta rogándole un trato humanitario a los 480 marinos cautivos, éste alojo en su casa a los oficiales y guardiamarinas. Con posterioridad los prisioneros fuero enviados a Cataluña para ser canjeados. En este naufragio perecieron unos 317 hombres de los 797 que sumaban las dos tripulaciones.

Una vez frente a las costas malagueñas enarboló en sus navíos los pabellones de Holanda e Inglaterra, con este engaño apresó muchas chalupas que se acercaron con el ánimo de venderles vituallas. Por los prisioneros se enteró de la próxima llegada de un convoy de barcos mercantes escoltados por dos navíos de guerra ingleses. Los divisó el 21 de mayo y al día siguiente envió a M. de Cogolin al mando del navío Le Lis y cinco barcos más tras ellos. Los enemigos al verse perdidos incendiaron las naves y se dieron a la fuga en chalupas. Tras esta incursión la flota tomó rumbo a Brest (Francia) apresando en el camino tres navíos ingleses. Es evidente que todas estas vicisitudes, algunas de ellas innecesarias, fueron la causa del retraso de la escuadra de Levante en llegar a su punto de reunión.

El historiador Corre da Franca señala la recuperación de todos los cañones en 1694 del encallado en las piedras del Sauciño, sin embrago, del hundido en los Isleos refiere la inmersión de todas las piezas, aunque apunta –sin dar fechas-, que luego fueron puestas en tierras por buzos. Por la lectura de estos datos parece poco probable la persistencia de algún resto de la artillería de aquel naufragio, pero tratando de ser lógicos, era relativamente fácil sacar los cañones del navío encallado, todo lo contrario ocurría con el otro, sumergido entre 14 y 20 metros y en una zona donde las corrientes son muy intensas. Si a esto le añadimos la escasa tecnología submarina del siglo XVIII no sería sorprendente que algunos cañones no pudieron ser recuperados. El 9 de julio de 1694, el Gobernador de Ceuta se quejaba al Almirante de Castilla del retraso en la llegada de los 1000 escudos necesarios para sufragar los gastos de rescate y reflejaba lo lastimoso de no sacar los 50 cañones restantes por motivos económicos.
Fuente: “La flota que no llegó a su destino”- Juan Bravo Pérez y Juan Antonio Bravo Soto- 1989.
Museo Municipal “Juan Bravo”

El investigador ceutí, Juan Bravo Pérez, para quien se reivindica, lleve su nombre el actual Museo del Rebellín.

En muchas ocasiones se ponen en nuestra ciudad, nombres a calles, plazas y jardines a gente con poco arraigo en la ciudad y con precarios méritos. Y cuando ocurre todo lo contrario, somos pocos dados a destacar a ceutíes que han realizado una gran labor. Tenemos el caso del investigador Juan Bravo, a quien los ceutíes le debemos muchas horas de dedicación y sacrificio, a lo largo de toda su vida, en pro de la historia local. Creo que no podemos continuar sin ofrecerle nuestro reconocimiento y admiración y devolverle lo mucho que él ha realizado por Ceuta. Que mejor forma de agradecérselo que rotular al Museo del paseo del Rebellin, con su nombre: “MUSEO MUNICIPAL JUAN BRAVO”. Si tenemos que coger firmas y llevarlas al Presidente de la Ciudad o a la Consejera de cultura o a los miembros de la oposición lo haremos, somos muchos los que pensamos igual, yo al menos, ya pongo mi modesta firma quien es el siguiente...

¿Quién no conoce la labor histórica de Juan Bravo?, es ilógico que ahora aquí, en este reportaje muestre lo mucho que ha realizado este insigne caballa. Haría faltan muchas páginas y libros para glosar toda su labor. El rescate de los cañones de los Isleos es tan sólo la punta de un iceberg de todo su trabajo. Podríamos destacar como simples apuntes, entre otras cosas, que fue el único investigador de los años sesenta que se dedicaba monográficamente al estudio de la arqueología subacuática en Ceuta. El asentamiento de los fenicios, que ya escribiera hace muchas décadas y ahora se le ha dado la razón, por parte de la comunidad científica. Tres han sido sus líneas de investigación, plasmadas en más de una veintena de trabajos. Sus estudios sobre las anclas antiguas, especialmente romanas, sobre las cuales llegó a realizar numerosas pruebas arqueología experimental. Por otro lado sus trabajos de ánforas púnicas y romanas, habiendo iniciado una línea de investigación que otros investigadores e historiadores han desarrollado más tarde, y como no la localización y excavación arqueológica de los pecios de época moderna en Sant Catalina. También destacar su labor como Director del Instituto de Estudios Ceutíes entre 1989 y 1996, o medalla de la Ciudad Autónoma en año 2004 entre otras muchas distinciones.

 Aún quedan cinco cañones bajo el mar Tras muchas inmersiones y mucho trabajo, en lacampaña de 1970 recuperaron 14 cañones de hierro, uno de bronce (en la imagen) y un ancla
Aproximadamente en el mes de mayo de 1962, los buceadores ceutíes Ernesto Valero y Agustín Pinzones, practicando pesca submarina en los Isleos de Santa Catalina, quedaron sorprendidos ante el hallazgo, de múltiples cañones dispersos sobre el fondo a una profundidad de 14 a 20 metros. En los días sucesivos, “en apnea”, se dedicaron a realizar valoración aproximada del pecio, comprobaron que se componía fundamentalmente de cañones de hierro, algunos de bronce y varias anclas de hierro. El hallazgo fue comunicado a la Comandancia de Marina de Ceuta. Como no poseían el título de buceador contaron con la colaboración de José Luis Arbona y Juan Bravo. Mientras se gestionaban los trámites burocráticos decidieron hacer una primera prospección con los equipos de aire comprimido. En ese primer reconocimiento, llevaban unas palanquetas para raspar las piezas y comprobar el material de su construcción. Sobre un fondo de piedras y cascajos divisaron alrededor de veinte cañones y cinco anclas. Ocho años más tarde, en 1970, realiza un proyecto de rescate que se acepto por la delegación de Cultura del Ayuntamiento de Ceuta, para llevarlo a cabo, contaba con la colaboración de Antonio Amores, José María Garrido, Mohamed Mustafa y el hijo de Juan Bravo, Juan Antonio. En lo referente al material, disponían de equipos de buceos cedidos por la Federación Ceutí de Actividades Subacuaticas y el CAS, un pequeño barco “El Joselito” y la pieza fundamental, una balsa diseñada y construida con sus propios medios. La balsa consistía en un esqueleto de madera de pino en cuyo interior iban sujetos 20 bidones de 200 litros cada uno, sobre ella descansaba un puente de hierro y colgado de este un “Tractel” con un poder de arrastre de 5000 Kg. A través de un orificio practicado en el centro pasaban el gancho y el cable de acero. El primer día que pusieron en marcha el proyecto estaban intranquilos, junto a Juan Bravo, había mucha gente joven con mucha ilusión pero poca experiencia en estas materias. Tras muchas inmersiones y mucho trabajo, en esta campaña de 1970 recuperaron 14 cañones de hierro, uno de bronce y un ancla, todo pasó a disposición del Ayuntamiento. 

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