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18/9/15

LA MONEDA DE CARONTE

LA MONEDA DE CARONTE por: Jean Valjean para blogceuta


El último año que mi hermano Pepe pasó en esta vida conmigo transcurrió, para los dos, asistiendo a las aulas del Colegio que los Padres Agustinos tenían (y tienen) junto al Paseo de La Marina, del que yo entonces ignoraba que su nombre completo fuera el de Paseo de la Marina Española.

En la cronología de nuestra tribu familiar fue, como si dijéramos, la época en la que nuestro padre, antiguo propietario de los primeros autobuses que hicieron la linea de Benzú-Ceuta, regentaba un Taller Mecánico y una pequeña tienda de Repuestos de Automóviles (que él llamaba chinchán, vocablo tomado sin duda de la lengua hablada por nuestros convecinos magrebíes) en la Plaza Vieja, enfrente del bar <> y justo al lado del despacho de Renfe que era atendido por el señor Atencia y sus dos hijos. Animado, sin duda, por los avances económicos del negocio cuyos ingresos procedían en su totalidad de la por entonces pujante y bien alimentada flota pesquera ceutí, se animó nuestro padre a montar una Autoescuela, también la primera que se inauguraba en Ceuta, pues nuestro padre fue iniciador de muchos negocios que luego abandonaba por propia desidia y pereza, sordo a las justas quejas y reivindicaciones de nuestra madre que siempre había dado muestras de tener más seso y más cordura que su cónyuge. La Autoescuela se llamaba San Cristobal y en su tarjeta de presentación, en lugar del popular “seiscientos” que tanta clase media paseó por las curvas de San Antonio, se veía pintado en color oliva un jeep americano con dos volantes lo que despertaba en mi infancia de lectura precoz una fascinación cegadora por aquel engendro mecánico que a mí imaginación se presentaba como un fantástico monstruo bicéfalo. Este confort económico del que gozó nuestra familia por aquellos años fue el que permitió a nuestros padres matricular a sus dos hijos más jóvenes en la prestigiosa institución académica que he citado al principio de este relato.
Pero a lo que iba....El chofer que manejaba aquellos “llips” (pues eran dos y fueron adquiridos por mi padre en una subasta pública organizada por el Consulado de los Estados Unidos en Tetuán con restos de la pasada Guerra de Corea) el que manejaba aquellos “llips” era, además, el paedagogum, o sea el encargado de llevarnos todas las mañanas desde la Plaza Vieja hasta el Colegio en cuyo trayecto pasábamos invariablemente por los escaparates de la Pastelería El Vicentino que se encontraba junto al Banco Popular y frente a la Papelería Cortés donde, entrado ya en mi adolescencia lectora y grafópata adquiriría yo mis primeros libros de lectura, entre ellos mi primer Platero y yo de la editorial Losada de Argentina, cuya prosa me enamoró desde la primera página convirtiéndose desde aquel día en mi texto para las “copias” que hacía en la academia particular que iban siempre decoradas con un platero cubista en las posturas menos equilibradas nacido de mi torpe factoria. Pero eso es otra historia. Decía que al pasar por la puerta de El Vicentino, yo, cada mañana, como un fiel devoto que acude a comulgar, me quedaba literalmente pegado a los cristales de la añeja confitería intentando trasladar, con tan solo la fuerza de mi mente, desde su bandeja hasta mis rosadas y tiernas quijadas unos merengues de crema tostada de los que, por la vista que ofrecían, podía asegurarse que el artesano creador de aquellas pequeñas maravillas había destilado en su diseño, factura y cocción, lo más sutil de todo su magisterio profesional, sólo les faltaba a los dichosos pastelillos hablarme. Cuando Rafael consideraba que ya habia saciado mi apetito visual (solo el visual) me despegaba de la amplia cristalera con un suave tirón de la manga de mi abriguito amarillo del cual aún conservo como reliquia uno de sus botones. Mi hermano Pepe, aprovechaba la breve parada para repasar el mantra de alguna tabla de multiplicar que ese día le iba a caer (sí o sí como dicen ahora) en la clase de Matemáticas.
* * *
Cuando mi hermano Pepe, con sus diez años ya cumplidos, cayó en cama víctima de la Poliomielitis, estuve algunas semanas, hasta que se produjo el fatal desenlace acudiendo al Colegio acompañado como siempre por Rafael. Y uno de esos días, el joven empleado se entretuvo con una amiga a la puerta de la Pastelería con la que yo venía manteniendo mis amores platónicos y coincidió que nos acercamos hasta la puerta de entrada al obrador y mis narices infantiles se sumergieron en aquellos sabrosos perfumes y aromas que expelían sus hornos. La visión de aquellos merengues de crema tostada, adobada con la nueva información que me llegara a través del olfato acabaron de darle a aquellas delicatessen unas formas y una consistencia que las transformaron en una fortísima tentación imposible de reprimir lo que me llevó a obrar en consecuencia pues esa noche, en casa, cuando todos dormían me levanté de mi cama y llegándome hasta la cocina con las luces apagadas y andando con los pies descalzos tomé del monedero de mamá la primera moneda que mis dedos teclearon en la oscuridad regresando a mi cama convertido ya a los ojos de mi conciencia en un delincuente convicto y confeso del delito de haber violado el sagrado recinto de cuero y cremallera con el que mamá, todas las mañanas, cuadraba con habilidad asiatica la economia familiar para darnos de comer a toda la tribu con el menor gasto posible.Me dormí con la moneda ardiéndome entre las manos, y por la mañana, muy temprano, cuando yo esperaba a mamá que era la que me vestía cada mañana, entró en su lugar Pepa, la esposa de Curro, el guardamuelles, que vivía enfrente de nosotros. Pepa traía los ojos enrojecidos, como de haber llorado, y con las manos temblorosas me vistió precipitadamente y me llevó en brazos hasta su casa. Y por más que le preguntaba que por qué estaba ella en lugar de mamá, solo me respondía con una frase que no olvidé nunca: <>Más tarde me enteraría de que aquella misma noche mi hermano Pepe había fallecido y que de nada habían servido los billetes de avión ya reservados por papá para llevarlo desde el aeropuerto de Tanger hasta Madrid a introducirlo en una máquina que popularmente se conocía entonces como el Pulmón de Acero.En mi mente asocié la muerte de mi hermano con el robo de la moneda (era una de aquellas peluconas o pesetonas que valían dos pesetas y dos reales, que decíamos: <>) y sin pensarlo dos veces, tratando de calmar las iras del Cielo por el ignominioso robo y pensando que la muerte de aquel angel fue el pago que se cobraron los dioses por mi bellaquería cometida aquí, en la Tierra, sepulté la moneda robada entre sus libros, cuadernos y lápices que mamá, junto con la cinta mortuoria que había abrazado al pequeño féretro, donde podía leerse <> guardó para siempre en uno de los cajones del <> aquel que terminó como desván cuando nos mudamos a la calle Comandante Baro Alegret.Algunas tardes, mamá tomaba los aparejos escolares de mi hermano y los vertía sobre la cama y los volvía a ordenar y a reordenar y en una de esas tardes en las que yo me hallaba presente se encontró con la moneda. Ella, sin duda pensando en darle a la moneda un empleo más util para la familia la iba a trasladar a su monedero pero ante mis insistentes ruegos volvió a dejarla en el plumier donde se guardaban los lápices y plumillas de mi hermano. Al preguntarme a qué se debía mi empeño en que aquella moneda se quedara en el plumier le respondí muy convencido:<>Evidentemente mi hermano Pepe no volvió jamás. Sus objetos escolares junto con la moneda desapareció poco a poco, como desaparecen de los armarios las ropas de los difuntos, sin que nadie se entere, sin que nadie de la casa sepa dar razón de ello. Yo aborrecí aquellos pasteles de crema tostada sin haber llegado a probarlos jamás, y ahora, en mi vejez la única compañía que tengo de aquel hermano que el Destino me robara en plena infancia, es una foto de estudio de su Primera Comunión en la que luce aquel traje gris perla con el que, según me contara mi madre siendo yo ya un espigado adolescente que fumaba sus primeros pitillos fue amortajado el día de su fallecimiento, ocurrida en los comienzos de la Primavera del 57.
Pie Jesu Dómine
Dona eis requiem......

Jean Valjean. (escritor)
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