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miércoles, febrero 15, 2017

“Tamura y la tortuga Kioto” cuento ANTONIO JIMENEZ


Como todo colegio que se precie, tiene que tener un “cuarto de ratones”,  todo cuento tiene que comenzar con la “Mágica” frase de: “Érase una vez…”


       Érase una vez…
      Érase una vez, en un pueblecito pesquero cerca de Osaka, en Japón.
      Cierta mañana, un joven pescador del lugar llamado Tamura, preparaba su pequeña barca, para ir a recoger las redes que pusiera el día anterior.
      Había amanecido un día soleado, y el pequeño pueblecito comenzaba su trajín de cada día. Allí estaba Fuji, el barbero del pueblo, cortándole el pelo a un anciano; y Momo, el lechero, vendiendo la leche de sus cabras.
      Cuando Tamura hubo terminado de preparar los aparejos de pescar, empujó su barca y suavemente se hizo a la mar. Al cabo de un buen trecho, llegó al lugar donde tenía las redes y, sin perder un minuto, comenzó a recogerlas.
      Tamura, estaba contento por la cantidad de peces que había capturado, pero al poco, las redes se volvieron muy pesadas.
      -¿Será un gran pez? –Dijo el pescador-. Después, siguió tirando con gran esfuerzo y, al cabo de unos interminables minutos, subió a la barca lo que tanto esfuerzo le había costado.
      -Una tortuga…bueno, la carne de tortuga es muy apreciada por la habitantes de Osaka…allí la venderé.


      -Pescador, libérame –Tamura, al oír las palabras miró en todas direcciones; luego, asaltado por un presentimiento miró a la tortuga.
      -Soy yo la que he hablado, la tortuga que has capturado.
      -¿Una tortuga que habla? –respondió el sorprendido Tamura.
      -Soy una persona –dijo la tortuga-, y mi aspecto se debe a un hechizo. Déjame libre y algún día te recompensaré.
      -Todo esto es muy extraño –contestó el pescador.
      -Desde hace mucho tiempo me encuentro vagando por el mar-volvió a decir la tortuga-. El día que haga una buena obra, el hechizo desaparecerá y volveré a ser un ser humano…Además, tienes la barca llena de peces, qué importa una tortuga.
      Tamura, meditó unos segundos y dijo:
      -De acuerdo, te dejaré libre…además, eres muy pesada para mi pequeña barca.
      Después de que la tortuga fuese liberada, ésta se perdió en las profundidades del mar.
      De vuelta al pueblo, y después de descargada la barca, Tamura contó lo sucedido con la tortuga.
      -Siempre con tus historias –dijo Fuji, el barbero.
      -Además…las tortugas no hablan –rió Momo, el lechero.
      Viendo que nadie le creía, Tamura no volvió a hablar más del asunto.
      Pasaron muchos meses desde el encuentro de Tamura con la tortuga y, una tarde que volvía con la barca, encontró a una muchacha sentada a la puerta de su cabaña.
      -¿Quién eres? –preguntó Tamura.
      -Me llamo Kioto –respondió la muchacha-, y traigo un regalo para ti.
      -¿Para mi? No tengo familia, y todos mis amigos viven en este pueblo…no creo que ninguno de mis clientes de Osaka sean tan generosos.
      -Pues es así. Alguien del cual no puedo decir su nombre, me dio esta bolsa llena de monedas de oro para ti –a Tamura, le pasó por la mente el incidente con la tortuga. ¿Sería ella la tortuga?


      -¿Tienes familia? –preguntó el pescador.
      -No, soy huérfana…toda mi familia pereció en un naufragio.
      -Bueno, al menos tenemos algo en común –dijo Tamura-. Con las monedas, me compraré una barca más grande…le diré a Sakini que sea mi ayudante. Además, me construiré una casa en lo alto de la colina…así podré ver la puesta de Sol mientras tomo el té.
      -Es una gran idea-contestó la chica-. Bueno, me tengo que marchar; quiero llegar a Osaka antes del anochecer.
      -Espera- dijo Tamura-. Yo…lo que quiero decir es que si no hubieses venido no tendría las monedas…bueno… ¿aceptas ser mi esposa?
      Kioto, miró al mar; el Sol comenzaba a ponerse y miles de destellos multicolores se reflejaban en el agua.
      -Acepto-contestó la chica.


      Tamura, la cogió de la mano, luego, los dos se volvieron para ver ponerse el Sol; el día se acababa, pero comenzaba una nueva vida para la joven pareja. Lo que nunca supo Tamura, es que  Kioto fue la tortuga que él pescara
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