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13/5/17

CEUTA: EL SITIO MÁS ESPAÑOL DEL MUNDO


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Vivimos tiempos en los que es difícil ser español. Es difícil ser español cuando un amigo director de una sucursal de Kutxa en Madrid te dice que a los madrileños les da exactamente igual que su banco esté controlado por los nacionalistas vascos. Es difícil defender la integridad y dignidad de la nación en esta España que bebe cava Codorniú, guarda su dinero en la susodicha caja de ahorros, o en la BBK, o en La Caixa, o en Banco Sabadell… Esta España de españoles que permiten que el edificio más visual de Guadalajara desde la carretera sea un Eroski; esta España de españoles que compran electrodomésticos Fagor, bicicletas Orbea o hipotecas de la Caja Laboral… Es difícil. Es frustrante saber que más del 90% de quienes lean esto no tienen ni idea de cual es el problema con hacer estas cosas, y probablemente tampoco les importe. Son tiempos como digo, de una enorme frustración para los pocos que aspiramos a tener un país normal, de personas que están orgullosas de sus orígenes y su tierra. Precisamente por este motivo, y porque -como los toros bravos- creo en la dignidad de crecerse ante el castigo y empujar metiendo los riñones cuando cae la garrocha detrás del morrillo, decidí pasar estas navidades en África. En España. En Ceuta.
Es desalentador contemplar la reacción de cuantos supieron de mi viaje: mucho asombro, ocasionalmente de manera despreciativa, y algún comentario de “eso teníamos que dárselo a Marruecos que nos cuesta mucho dinero”. Fíjese, apreciador lector, que presumo de no tener amistades de Podemos y por supuesto tampoco de partidos separatistas. Los he tenido, y no son gente interesante; no sacará nada positivo de los ignorantes y quienes se dejan llevar por el fanatismo, por mucho que usted procure entenderles y ser conciliador. No, yo le estoy diciendo que la clase media alta conservadora y ‘españolista’ -odio el término- de Madrid no ha estado en Ceuta, y tampoco se ha planteado ir y además a veces piensa que Ceuta sobra en España. Ese es el país en el que nos ha tocado vivir: un sociedad que te mira ojiplática por demostrar compromiso con una causa noble que nos atañe a todos, y que pasa por conservar la identidad orgullosamente española de nuestros preciosos enclaves en el norte de África.
Me ha encantado Ceuta. Por un lado, tiene unos paisajes incomparables en los que se entremezclan escarpadas montañas con diminutas calas que separan o unen un mar y un océano que tienen sus aguas más limpias en las orillas de esta minúscula península que permanece como testigo impertérrito de la grandeza pasada de nuestra nación. Dedicaré otro artículo pronto a hacer de guía de viaje por este lugar inigualable que he llegado a conocer al dedillo durante mi estancia, pero esta reflexión es para contarles que estoy profundamente orgulloso de ser compatriota de los ceutíes, y que es un honor incuestionable poder caminar por este rincón de África y sentirme en casa. Genuinamente en casa. Orgullosamente en casa en uno de los lugares más olvidados por una sociedad que no la merece, porque Ceuta es una tierra espectacular que me honra poder sentir como mía.
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Vicaría de Ceuta desde el mar
Yo soy muchas cosas; pero ante todo soy español. Me gustan los domingos de brunch en el Ritz, y creo que el hotel Alfonso XIII de Sevilla fue un lugar cojonudo para estrenarme en ya sabe usted qué. No cambiaría la educación de colegio británico pijo por ninguna otra, y no renuncio a las noches de fiesta en Marbella. No me siento incómodo en ese ambiente, pero nunca me gustará tanto como a esos niños ricos que se piensan que su país no da más que para eso. Nunca he olvidado que la tumbona frente al mar en El Octógono, en Sotogrande y las mesas VIP en Gabana, son un decorado. Son de cartón piedra. Un decorado con el que la gente-bien-de-toda-la-vida pretende olvidar que detrás hay un país que se desangra en las provincias del interior y en el que el dinero no siempre alcanza si quiera para restaurar edificios o monumentos cuyo colapso debería hacernos espabilar. Me he llevado muy bien con la ignorante élite de este país que se lo pule en viajes a Viena, o Estocolmo sin siquiera haberse molestado en conocer su país, pero no soy uno de ellos ni lo seré nunca porque no se disfruta del todo el decorado cuando tus inquietudes te empujan a conocer el país que hay detrás. En este sentido, cuando digo que soy español con orgullo porque me gustan los cucuruchos de papel llenos de cazón en adobo que hace Romerijo en la playa de Valdelagrana (El Puerto de Santa María, Cádiz). Me gusta desayunar migas con café antes de la corrida matinal del domingo de feria en Olivenza (Badajoz) y me gusta agotar el puro después de la Goyesca viendo el tajo de Ronda (Málaga). Creo que ser español es emocionarte con las vistas desde la Playa de la Caleta (Cádiz), lo cual no quita que también me gusten las  del bar Eclipse, en la última planta del Hotel W (Barcelona). Pero se que éste último solo es un decorado en el que intentar olvidar que detrás de La Caleta, el gaditano Barrio de la Viña agoniza malherido por la altísima tasa de paro que azota a la otrora opulenta Gades, hoy con los astilleros cerrados y la pintura blanca y ocre de sus elegantes palacetes desconchada. Ser español es eso, es querer a España tal y como es. Querer a España cuando el glamour se esfuma y solo quedan silentes dehesas salpicadas de pueblos oscuros donde no hay nada más que todo lo me permite recordar de dónde vengo y porqué. Ser español es querer a tus compatriotas sin consideraciones fiscales de por medio, deseando que tus impuestos sirvan para ayudar a construir una nación próspera en la que el desarrollo llegue a todos los rincones sin que estos tengan que abandonar su fabulosa identidad que los hace únicos y parte indispensable de mi país. Y en Ceuta me sentí muy español y muy cerca de los míos. Rodeado de moros, protegido por una doble valla afilada y en un continente ajeno, me sentí sin embargo profundamente consciente de que estaba en mi país.
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Murallas Reales de Ceuta ante el canal que conecta ambos mares, coronadas por la Bandera de España 
Ceuta es pobre. Uno de los lugares más pobres de España, donde el Estado del Bienestar se hace insostenible con una población de 84,000 personas de las cuales más de la mitad -43,000- son musulmanas. Es un shock cuando llegas de la península ver que musulmanes y ‘cristianos’ están perfectamente mezclados en la ciudad pero perfectamente separados en la ciudad: el Bar Manolo es de moros, el Bar Francisco está pared con pared pero es de blancos. Nunca hay ningún cártel en ningún idioma que no sea español, pero pronto entiendes qué bar es cual al contemplar que la clientela siempre es ‘monocolor’. Por la calle pasean centenares de moros y centenares de blancos, pero ni una chica blanca con un chico moro. Ni una mesa de tres hombres blancos y dos moros. Mezcla total. Separación total. Curioso. Tras atravesar esa Andalucía ridícula que fomenta su legado árabe sin entender el peligro de ser engullida por esa identidad, es una gratificante sorpresa arribar a la Ciudad de Ceuta. Viajar a Sancti Petri, o a Marbella es ver infinidad de modernos restaurantes, hoteles o ‘spas’ de estética árabe y nombre árabe: se creerá original el que ha montado las termas ‘Al Andalus’ en un edificio nuevo que imita a una mezquita, pero solo es un pobre paleto, hortera y un pelín insensato, que esconde la sangrienta historia andalusí, totalmente reñida con la realidad española contemporánea. En cambio, llegas a África y parece Burgos: ni un arco, ni un azulejo, ni un nombre que se salga de la más estricta tradición castellana… Navegas a ultramar alejándote de la Península y sin embargo sientes como te acercas irremediablemente a la enorme y más gallarda condición española. Un sentimiento loable y fuertemente atacado por el separatismo en connivencia con el rancio socialismo español, que sin embargo reina sin discusión en esta plaza de ultramar que te inculca la lealtad a la patria desde que ves el paso del primer todoterreno vetusto y lleno de barro conducido por dos militares barbudos y tatuado con las palabras:
 Comandancia General de Ceuta
Ejército de Tierra
Un coche sucio y bregado en mil faenas en el que en cambio relucen límpidas y brillantes las negras letras que hacen de este un vehículo muy especial: uno de los poquísimos capaces de emocionarnos, por haber sido testigo y parte de la heroica labor que nuestros militares llevan a cabo desde hace siglos en este amenazado lugar. Es palpable el estado de emergencia –de facto- que se vive en un diminuto rincón de Occidente en el que no se pueden alquilar motos de agua -¿Por que será? Me pregunto con ironía- y en el que cada día nuestro Ejército y Guardia Civil se las ven y se las desean en un paso fronterizo en el que se suceden revueltas violentas, saltos a la valla, esclavizadas porteadoras, narcotraficantes y kilométricas colas de vetustos coches marroquíes que esperan cruzar El Tarajal para volver a la dictadura que los oprime. No así a los ceutíes, incluidos esos 43,000 de origen marroquí que gracias a la labor de nuestras Fuerzas Armadas y al compromiso infatigable de la nación mantienen a salvo este reducto de libertad y prosperidad que lleva los valores de nuestra patria allende las lindes peninsulares y hasta esta antigua colonia portuguesa, que aprovechó la independencia lusa para confirmar su adhesión a nuestro proyecto, en el que hoy más que nunca es un enorme privilegio contar con ellos.
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Ceuta desde el acuartelamiento de La Legión, junto al Mirador de Isabel II
Ceuta es el único lugar de Europa -con Melilla- donde te cruzas una pareja de regulares y un poco más allá un legionario mientras serpenteas por las tortuosas calles que sortean las lomas sobre las que se alzan los cuarteles de las distintas divisiones del Ejército allí desplegadas. Su Museo de la Legión -absolutamente imperdible- da buena cuenta del colosal compromiso que mantienen nuestros militares con la defensa de los territorios españoles -ya menguados- en el norte de África; un compromiso que te recorre la espalda en forma de escalofrío al contemplar las fotos, recuerdos, atuendos y objetos de todos los hombres que han dado la vida por España defendiendo nuestras posesiones africanas, muchos de ellos en las filas de la Legión Española que hoy custodia fielmente su recuerdo en este caserón sobre el agua contra el que rompen unas olas mediterráneas que no logran perturbar el solemne silencio en el que se deja constancia de la grandeza de nuestros héroes y, por ende, de nuestro pueblo . En este escondido museo que constituye uno de los últimos refugios que son testigos del heroísmo con el que Francisco Franco, Juan Yagüe, José Millán Astray y sus compañeros se desempeñaron en África al servicio de la nación, es imposible dejar de pensar en la cobardía y nocturnidad con que la extrema izquierda les ha retirado sus muy merecidos honores, ante la pasividad de una sociedad decadente que retoza en su degeneración, ignorante de que no es merecedora del legado descomunal que nos dejaron todos los españoles que a lo largo de los siglos supieron servir a España con honor.
Como dije, dejaré las maravillas contenidas en el interior de las ancianas murallas de la ciudad para otro post con una vertiente turística, si bien me veo incapaz de narrar la sensación sublime de libertad al conducir con el brazo apoyado sobre la ventana en pleno diciembre por los serpenteantes caminos que rodean el Monte del Hacho, bajan hasta el Castillo del Desnarigado y su calita a pie de mar, y te regalan las mejores vistas que verás del encuentro de dos mares. No puedo transmitirles el fabuloso placer de desayunar en el Parador con la Plaza de África ante tus ojos, contemplando el Ayuntamiento flanqueado por la Iglesia de Ntra. Sra. de África y la Vicaría de Ceuta (Diócesis de Cádiz-Ceuta), con el Océano Atlántico a la derecha y el Mar Mediterráneo a la izquierda sin más separación que una prolongación terrestre de 150 metros de ancho sobre la que hemos construido uno de los más épicos bastiones de la hispanidad. Uno de los lugares más especiales, del que me despedí a las 5 de la mañana desde el mirador de Isabel II, observando en el tintineo de las luces que yacían bajo mis pies, reflejadas en los mares del sur, la tranquilidad resignada de una ciudad que ha aprendido a vencer a la intranquilidad de estar bajo amenaza permanente. Desde ese privilegiado lugar que permite ver la Bahía de Algeciras y Gibraltar a la izquierda de un Estrecho con un incesante ir y venir de buques, la península de Ceuta con el ya mencionado monte al fondo coronado por su antigua base militar -operativa- iluminada y la costa marroquí con el antaño español pueblo de Castillejos -Fnideq- culminando la bella estampa nocturna de este enclave singular, solo pude pensar una cosa:
Este es el sitio más español del mundo. Un lugar maravilloso en el que se detiene el tiempo para que podamos vivir ajenos a la decadencia insoportable de un país en descomposición, que tuvo y tiene en esta plaza colonial el más grande exponente de su grandeza pasada.

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